domingo, 20 de junio de 2010

RECUERDOS

No quiso volver la cabeza. Sabía que si lo hacía, se quedaría allí para siempre. Tenía que salir del pueblo y labrarse un porvenir en otro lugar, aunque aún, no sabía donde.
Siempre recordaría su pequeña casa, toda encalada y tan blanca como la nieve. La buganvilla que trepaba por la pared, llenándola de color y aroma. La vieja puerta de madera de la casa, que chirriaba cada vez que alguien entraba o salía. El olor fuerte, entre dulce y amargo de los membrillos que su madre guardaba entre la ropa del viejo armario y que se extendía por toda la casa, cuando se abría el antiguo mueble, herencia de varias generaciones.
La buhardilla, donde guardaba todos sus recuerdos de adolescente y primera juventud. Sus primeros zapatos con algo de tacón, que utilizó en el baile de las fiestas del pueblo, cuando ya tenía 14 años. Recordaba todo lo que contenía el viejo arcón, sus juguetes más queridos, las novelas de amor que, aunque inocentes, debían ser escondidas de los mayores, que las consideraban nocivas y excitantes, por las escenas de besos de sus protagonistas.
Recordaría la iglesia de estilo románico, casi vacía de imágenes, pero que su interior, acogedor y sombrío había escuchado sus primeras penas de amor. La campana, a la que muchas veces maldecía por sonar cuando estaba dormida.
El viejo pozo del corral, cuyo brocal decían que era de hacía varios siglos y desde donde, en su niñez, tiraba cantos pequeños, para escuchar el ruido que hacían cuando chocaban con el agua. La higuera, que en verano daba sombra en las horas de más calor y su fruto jugoso y dulce era una delicia saborear.
También recordaría la ribera del río, escoltada a ambos lados por filas de olmos, cuyas ramas se mecían con la fuerza del viento. Allí, donde las parejas de enamorados buscaban intimidad, y donde ella, había saboreado los primeros besos, los que nunca se olvidan. La frescura del agua, cuando en verano las chicas se subían un poco la falda y metían los pies para refrescarse y los chicos, más atrevidos, se bañaban en calzoncillos.
Nunca olvidaría todo aquello, ni a sus padres, pero tenía que marcharse de allí, ahora que aún no era tan mayor. ¿Se marcharía, si las cosas hubieran ocurrido de otro modo?. Tal vez, si Julián, que tanto amor le había prometido, no hubiera vuelto de la ciudad, con una mujer del brazo, con la que pensaba casarse muy pronto, todo habría sido distinto, pero ya no había marcha atrás.
Siguió andando con la cabeza erguida, hasta llegar a la estación del tren, que la llevaría a un destino aún desconocido, pero estaba segura que nunca enterraría sus recuerdos.

Andrés Tello
Junio 2010

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