miércoles, 29 de octubre de 2014

HALLOWEEN EN NUEVA ORLEANS



         


Las ramas de los árboles tapaban el camino. Alan, siguió andando apartándolas con las manos. Mientras lo hacía pensaba que no había sido buena idea llegar hasta allí. La humedad del suelo, a causa de la cercanía del manglar y la espesa niebla que empezaba a descender, tiñéndolo todo de gris, hizo sentir su cuerpo empapado. Volvió a pensar que había sido una locura internarse en aquel terreno tan peligroso cerca de los pantanos, pero ahora tampoco quería volverse atrás. Todo había comenzado unas horas antes, cuando conoció a Loretta.

Por la mañana había tomado el avión que le llevaría a Nueva Orleans. El director del periódico donde trabajaba le enviaba a la ciudad sureña para que escribiera un artículo sobre la noche de Halloween, que allí se celebraba.
Sus compañeros de la redacción se rieron de él, porque consideraban que, al ser el más joven de la plantilla, el jefe le gastaba una novatada, puesto que consideraban aquel trabajo idóneo para un principiante.
A su lado, en el avión, se sentó una señora bastante mayor, elegante, que en su modo de hablar no podía negar su origen del sur.
Durante los primeros momentos del viaje no conversaron, pero cuando el vuelo se estabilizó, la señora comenzó a preguntar a Alan sobre cosas sin importancia, hasta terminar preguntando por el motivo de su viaje a Nueva Orleans. El joven contestó a todas las preguntas de la señora, fascinado por la elegancia de sus maneras y su forma de hablar.
A la dama le llegó el turno de contar su propia vida. Sus abuelos habían tenido esclavos en la plantación que poseían cerca de los pantanos y ofreció a Alan la posibilidad de visitarla. Allí, tendría ocasión de poder escribir sus historias de Halloween, sobre muertos vivientes y ceremonias de vudú, que aún se practicaban clandestinamente. Le entregó su tarjeta con la dirección de la plantación y momentos antes del aterrizaje se levantó del asiento para ir al lavabo.
Alan, no volvió a verla durante el corto trayecto que quedaba y se extrañó cuando  a la llegada al aeropuerto Louis Armstrong, de Nueva Orleans, la señora aún no había aparecido y tampoco la vio entre los pasajeros que descendieron del aparato.
Alquiló un coche para ir a la ciudad y según llegaba se sintió trasladado a la vorágine que se vivía en sus calles. La muchedumbre que transitaba por ellas estaba compuesta de personas disfrazadas. Había vampiros, fantasmas, Frankenstein, verdugos con sus hachas chorreando sangre, zombies moviendo sus cuerpos pausadamente…….
Abriéndose camino con el coche entre aquella multitud, llegó a su hotel, próximo a Bourbon Street. Recogió la llave y subió a su habitación, mientras ascendía en el ascensor, no pudo reprimir una sonrisa al recordar al recepcionista del hotel que le había atendido. Un hombre rechoncho, disfrazado de esqueleto, en el que las costillas parecían querer reventar a causa de la barriga del individuo.
Descansó un rato en la habitación y bajó a la cafetería a tomar algo. Después se puso a repasar un periódico, sentado en un sillón del vestíbulo. Casi de noche, salió a la calle, donde el estruendo era total. La gente gritaba, unos emitían gruñidos de animales y otros aturdían con sus lamentos y ruido de cadenas que arrastraban. Además, pequeñas bandas de músicos tocaban sus instrumentos a cada paso, arremolinando a la paseantes que les escuchaba.
Alan, comenzó a andar si rumbo fijo, observando lo que ocurría para poder plasmarlo en su artículo. Mientras caminaba entre el tumulto le vino a la cabeza el recuerdo de la enigmática señora del avión, que había desaparecido misteriosamente. Sin darse cuenta, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y encontró la tarjeta que le había entregado, leyó su contenido:
                                                    
                  LORETTA GRANIER  - Plantación PETITE MAISON  - Manglar BAYOU

Siguió caminado durante un rato entre la gente que inundaba la calle y al final tomó una decisión, iría a visitar a su extraña compañera de viaje. Después de todo, se interesaba por su salud y le había dicho que allí encontraría tema para su artículo. Tomó el coche del garaje del hotel y consultó en el mapa que había en su interior. Localizó en el mismo, el Manglar Bayou y hacia allí se dirigió.
La noche era gris a causa de la niebla y a unos cuarenta kilómetros de la ciudad pudo ver el cartel que anunciaba la desviación al Manglar. Aparcó el coche en el borde de la carretera y andando, se dirigió al camino señalado.

Después de los primeros metros, el camino se hacía más intransitable. Las ramas de los árboles se enganchaban en su ropa y parecían querer sujetarle para que no continuara. Deseaba seguir, a pesar de que los ruidos de la noche le causaban más de un sobresalto. Las ranas, croaban en el cercano pantano, pequeñas ratas y ratones corrían entre sus pies, el graznido de las aves nocturnas sobresalían por encima de los demás ruidos y el aleteo de algún insecto sonaba cerca de sus oídos. También se escuchaba el chapoteo de los caimanes al sumergirse en las pantanosas aguas.
El joven se detuvo un momento y pensó si debería volverse al coche, pero en ese momento notó, que algunos metros por delante de él, algo luminoso se movía. Intentó seguir hasta la aparición, pero al empezar a andar, algo le sujetaba por su camisa y no le dejaba avanzar. Mantuvo la calma y tronchó la rama que le había sujetado. La figura luminosa iba tomando forma humana según avanzaba hacia ella. Cuando estuvo cerca, tragó saliva, porque no le parecía verdad lo que veía. Delante de él, apareció la silueta etérea de una mujer, vestida con una túnica blanca. Aunque ya era noche cerrada, la mujer resplandecía como si un rayo la estuviera iluminando. Inmóvil por la aparición, Alan sentía como sus piernas temblaban ante aquel espectáculo, pero se armó de valor y siguió adelante. Después de todo le habían enviado allí para escribir algo sobre la noche de Halloween y aquello era más de lo que él esperaba.
Después de andar un rato iluminando el camino con  la linterna que había cogido del coche, observó que nunca llegaba a alcanzar a la extraña figura. Momentos después, la mujer paró delante de unos restos de verja de hierro oxidado y retorcido, a cuyos lados había, lo que deberían ser las columnas que sujetaban las puertas de la plantación. Enfocó la linterna hacia un trozo de madera que había en el suelo, donde podía leerse Petite Maison.
Ahora la figura, que había dejado de moverse, se puso en marcha otra vez. Resuelto a hacer frente a lo que pudiera venir a continuación, siguió la estela de la mujer hasta dentro de la plantación, pero lo que pudo ver fueron las ruinas de una grandiosa mansión colonial que hacía muchos años debió se esplendorosa.
La extraña figura volvió a pararse y el joven avanzó hacia ella. Sin darse cuenta, tropezó con la raíz de un árbol, que le hizo caer al suelo, escapándose la linterna de su mano. Levantando del suelo la cabeza, miró hacia donde la linterna lanzaba su luz y vio la imagen de la mujer apoyada sobre una losa, sonreía y Alan, alucinado, creyó reconocer en sus facciones, a su vecina de viaje. En la lápida donde ella se apoyaba, pudo leer:

                                          LORETTA GRANIER – Noche de Halloween – 1870.

Fuera de sí, en las entrañas de la noche, sintió sobre su cabeza el ulular de un búho, hasta escuchar los chillidos de una pequeña ave, atrapada entre las potentes garras de la rapaz.
















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