domingo, 9 de marzo de 2014

ROMANCE MEDIEVAL






Cabalgaba don Fadrique,
conde de alcurnia y valía,
por tierras del enemigo
allá por la lejanía.
Montaba caballo blanco                                           
que en la lucha enfurecía
 por eso el anciano conde
más que a su mujer quería.                                             
Aceptaba cualquier reto
cuando el conde combatía,
librando cruentas batallas
que con Fadrique vencía.
La condesa en el castillo
de aburrimiento  moría,
en aquella fortaleza
solo bordaba y cosía.
Ay, la pobre condesita
tan llena de lozanía,
ni del conde se acordaba
y su boda aborrecía.
Mal la casaron sus padres
maldito fuera aquel día.
Cuando las notas sonaban
la dama se sonreía
un trovador, desde abajo
su antiguo laud tañía.
Se asomó tras las cortinas
que cubrían la celosía.
Qué gallardo el trovador,
su corazón se encendía.
Qué figura tan esbelta
y dulce su melodía.
Así pasaron los tiempos
escuchando día a día
la voz del guapo doncel
que su amor la refería.                                                  
Ella penando, penando
de aquel amor se escondía.
_ Hacedle subir, señora.
le decía su aya María.
_ Si hago subir al mancebo
mi honra peligraría.
¿qué dirían los criados?
mi corazón, ¿qué diría?._
_Pues haced lo que gustéis
pero yo no tardaría,
parece noble el muchacho
y os gusta en demasía_.
_Callad, callad, no sigáis
me lo pensaré otro día.
Pasó las noches en blanco
sin saber bien lo que haría.
Sábana de suave seda
su ardiente cuerpo envolvía.
Llegan noticias del conde,
que aún en volver tardaría.
Ante aquella circunstancia
el ama la repetía :
_Dejad al mozo que suba
la pena os quitaría.
En las cuerdas del laud
vuestra angustia volaría._
_No me decido buena ama
mala mujer me creería._
_No pongáis peros señora,
eso es una tontería,
tirad al mozo la escala
y enseguida subiría._
La dama que antes dudaba
ahora dudas no tenía.
El doncel raudo subió
por la escala que tendía
la bonita condesita
ayudada por María.
¡Cielos, que estampa tan bella!
lo que al momento veía.
El trovador, un mancebo
de la alta burguesía,
estaba bien equipado
con su laud y su hombría.
Enajenada la joven
al mozo le sonreía.
Él le enseño su laud,
dijo se lo dejaría
y con muy pocas lecciones
a tocarlo aprendería.
Ella lo tocó y tocó
él su mano dirigía.
Resultó tan buena alumna
que dejarlo no quería.
Si tuviera un laud el conde
en vez de flauta vacía,
pensaba la condesita,
otro gallo cantaría.
Ella nunca se cansaba
de tocar la melodía
y la tocaba y tocaba
hasta que él más no podía.
Los dos tocaron a coro
sin descanso noche y día.
Mientras tanto don Fadrique
conde de alcurnia y valía,
montaba caballo blanco
allá por la lejanía

Andrés Tello






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